CRÍTICA  SOCIAL

La propaganda fascista. Un estudio de Theodor Adorno

¿Qué es exactamente lo que difunde la propaganda fascista? Lo primero que se descarta, según una consideración formal, es que tras ella haya un esfuerzo argumentativo. Su mensaje no está orientado a divulgar las principales tesis de una ideología. De esta propaganda tan solo se pueden aislar formulaciones ambiguas en ideas que permanecen inarticuladas; tampoco es posible hallar en ellos análisis políticos en sentido propio, ya que estos presuponen un esquema teórico en el que las premisas y los objetivos marcarían el sentido de la acción. Por lo tanto, si tal mensaje no tiene una ambición discursiva, ¿a qué apelan entonces la propaganda fascista y antisemita?

Esta es la pregunta que impulsa el análisis del Adorno recién exiliado a los Estados Unidos. La propaganda analizada no tiene su origen en Alemania, sino que la hicieron circular demagogos y antisemitas en un país que acababa de proclamar la victoria militar sobre el fascismo... Aunque el estudio de Adorno y de otros compañeros parte de emisiones radio transcritas, sus tesis nos parecen vigentes en la época del multimedia total. Lo que sigue es una presentación de algunas de sus ideas.

El alemán adelanta inmediatamente su línea: el mensaje fascista —y antisemita— tiene como objetivo actuar en los mecanismos inconscientes de las personas. Antes de tomar esta afirmación como un reduccionismo, el filósofo nos previene: el fascismo es un movimiento que no está fuera de la historia, tiene intereses políticos y económicos identificables, pero en su actividad propagandística la difusión de una ideología concreta juega un papel secundario. Para estudiar el fascismo hay que atender a su momento psicológico, sin que por ello este fenómeno social se rebaje a una afección individual, mucho menos debe ser pensado en clave naturalista.

Tres son las fórmulas comunes que extrae Adorno del material radiofónico estudiado:

1. Personalización del mensaje: los demagogos hablan a menudo de sí mismos, compartiendo intimidades que no solo generan complicidad con su audiencia, sino que ayudan a caracterizarlos como personas modestas pero francas, trabajadoras y que tan solo movidas por fines desinteresados denuncian tendencias sociales nocivas. Aquí el demagogo teatraliza el papel del ciudadano sencillo, puede que hasta inocentón, pero cuya conciencia fue despertando a partir de algún hecho traumático o alguna humillación que, si no es conocida, al menos despierta fácilmente la empatía de su audiencia. En algún punto, el hombre de la calle se ve forzado a dar un paso en defensa de unos valores corrompidos. Su figura aparece entonces como pionera, legitimada carismáticamente al ofrecerse a sí misma desde una posición excepcional en la que iluminar a otras buenas gentes[1].

2. Sustitución de fines por medios: dado que los fines están de algún modo ausentes en este discurso, lo que asume su función es la referencia al movimiento propagandístico mismo, a su construcción a través de la unión progresiva de individuos interpelados por la retórica de personalización de que hablamos antes.

3. Creación del vínculo: si todo el contenido de la propaganda es una referencia circular a los medios, ¿qué cohesiona a estos individuos al margen de una vaga ideología? Adorno recupera su tesis de partida: el vínculo generado es de carácter libidinal. La cohesión se sostiene en la medida en que se satisfacen, mediados por la figura del demagogo, ciertos deseos de sus miembros. Se constituye una organización fundada en una realimentación del inconsciente. Modesta o numerosa, pero organización. Así, sus miembros se perciben como verdaderos agentes, no como las entidades indiferenciadas del agregado social que la impotencia cotidiana les confirma. Ahora se sienten como tocados por una distinción. Bajo esta dinámica sectaria se marcan enseguida los límites de dentro y fuera. Dentro se tiene acceso a conocimientos propios de iniciados. Este aspecto libidinal se muestra, por ejemplo, en la pasión por el fisgoneo que se observa en estas hermandades. Como no dejamos de ver nosotros, hoy, en estos círculos se trafica habitualmente con historias de escándalos, recubiertas de una indignación que no logra ocultar su carácter ambiguo, pues en la difusión de estos relatos, a menudo cargados de violencia y contenido sexual, encuentran sus participantes una gratificación que está apenas velada. En una palabra, Telegram.

Si, tal y como se argumenta en la enumeración anterior, los motivos inconscientes son el nervio de la psicología fascista, el análisis freudiano nos permitirá descifrar nuevos significados. En clave psicoanalítica, Adorno empieza por referirse al juego de aproximaciones que es habitual en esta retórica. Sabemos que la naturaleza no teórica de tal propaganda obliga a la imprecisión de sus fórmulas, sea por tabús sociales, sea por limitaciones legales actuales, la expresión directa de ciertas metas no es viable. Pero es justamente este coqueteo en torno al tabú lo que les supone a estos demagogos un truco psicológicamente rentable, que electriza a los sujetos que prestan los oídos de su inconsciente, fortaleciendo de esta manera el vínculo libidinal referido. Así, en la codependencia de estos dos roles, el rol de quien coquetea con el tabú (su des-velamiento) y el rol de quienes obtienen una ganancia psicológica de todo ello, se va a fundar el principio de esta jerarquía fascista. Se impone en ella el tipo de sumisión a la autoridad que se corresponde con lo que el psicoanálisis definió como carácter sadomasoquista.

Hemos llegado al encaje que tiene esta singular psicología de masas con el sentido moderno del fascismo. En los diferentes contextos que supura el capitalismo y, por medio de la dinámica autoritaria arriba descrita, se da la activación de fuerzas políticas de gran potencial homicida. Aquí hemos de insistir en que el filósofo judeo-alemán está atendiendo a los efectos de la propaganda fascista en una subjetividad muy concreta, forjada históricamente y que acoge eficazmente el estímulo-respuesta en que se funda la propaganda totalitaria. Es importante no confundir este análisis de la propaganda con las consolidadas explicaciones psicologistas sobre el fascismo que necesariamente propagan los amigos de los hechos; y ahí hay pocas diferencias entre la ideología del History Channel y las emanaciones de historiadores con pajarita que sostienen que los campos de concentración brotan tras inflamar el veneno nacionalista con Versalles, agitar el crack del 29 con accesos de locura antisemita, hipnosis colectiva y, sobre todo, un montón de malas personas desobedientes a las venerables instituciones liberales. Nada de eso es mentira: es falsa consciencia.

Decimos, pues, que a diferencia de esa corriente de opinión ve en la masa fascista el resultado un embrujo que más allá de la historia. El objetivo de Adorno con este libro es prevenir el influjo de la propaganda demagógica sobre unos sujetos —nosotros, todos— con una capacidad de resistencia machacada, pero no anulada, pues todo el sentido del escrito está en la toma de consciencia de los trucos propagandísticos que el fascismo trata de explotar. En la recepción de la propaganda se da, por tanto, una cierta participación del yo, si bien en una entrega apenas libre, si nos tomamos en serio el sentido ético de la libertad. En una palabra, aquella subjetividad a la que llamamos emancipación. Entonces, más que por un hechizo, las personas obedientes a tal propaganda se ven motivadas por un ánimo de reconstitución de la perdida integridad un yo ya carente de los supuestos que le daban su consistencia en los períodos de expansión liberal[2]. Es decir, se está hablando de condiciones históricas propicias al fascismo, al sujeto fascista, no de una antropología degradante que, a partir de la dopamina, el gen egoísta y no sé qué leches, represente a las personas como compradoras compulsivas ya en Atapuerca y, desde luego, equipadas desde entonces con todas las mezquindades del burgués.

Es esta fragilidad de las personas, ese vacío sin alternativas políticas, la que constituye un contexto subjetivo leal al autoritarismo. El vínculo libidinal de la jerarquía le asegura al yo una nueva firmeza, aunque sacrificando por este nuevo camino cualquier residuo de autonomía históricamente lograda en los sujetos. Los miembros de esta nueva fuerza pierden en la organización su mermada capacidad crítica, reprimiéndose cualquier espontaneidad que no venga determinada por su función dentro del nuevo conglomerado social. Toda acción queda así orientada hacia la complacencia de la autoridad ¡y esta solo se puede dar en la obediencia ciega! Vemos aquí una masa, sometida por completo al liderazgo fascista: el poder y sus relaciones saturan toda una nueva lengua apropiada para un nuevo orden. El enemigo, el afuera a exterminar, pasa a ser todo aquello que desvele la fragilidad de la que se quiere huir, justamente el recuerdo de lo reprimido. Por eso la prosa de Nietzsche —en su popularizada lectura darwinista— deslumbra a tanto fascista: todo lo débil, todo lo enfermo, todo lo no autosuficiente a sus ojos, debe ser descartado. La violencia más extrema se dirigirá contra aquellos que conciban el sufrimiento como una injusticia y no como una fuerza cósmica que expía no sé qué o que concibió no sé quién.

Con esto, Adorno llama la atención sobre un aspecto que distingue al totalitarismo moderno: la aspiración a un poder irrestricto, pura ejecución de una violencia siempre necesitada de expansión. Se comprende mejor ahora por qué el fascismo no está verdaderamente comprometido con un programa político fijo, más o menos socialista, más o menos liberal. Eso implicaría referir la acción a unas máximas que actuarían de límite. Pero límite es lo único que se prohíbe a sí misma la lógica de guerra fascista. Es el colmo de la irresponsabilidad. En definitiva, todas las medidas represivas que el fascismo proclame se verán inmediatamente superadas en la práctica. La única meta es el exterminio total —y esa es la sustancia del totalitarismo. Cerrarle el paso a su propaganda implicaría prevenir el desarrollo de los rasgos totalitarios de un tipo de subjetividad que, sin embargo, no dejan de alimentar las circunstancias políticas actuales. Y también reciben este alimento, desgraciadamente, las fantasías de violencia como único programa antifascista, embriagadas en buena medida de la misma personalidad autoritaria que deberían estar llamadas a contrarrestar.

Si nos ceñimos de nuevo a la técnica propagandística, Theodor Adorno explicita dos de sus conocidos recursos no discursivos:

  1. El enemigo responde a una imagen construida, sin que necesariamente haya una correspondencia con alguna objetividad.

  2. Las ideas en la propaganda se suceden como en un flujo, sin trabazón dialéctica, relacionadas por medio de la pura semejanza, en ocasiones simples juegos de palabras.

Es inútil tratar de refutar mensajes así considerándolos falsos, burdos o manipuladores, pues la personalidad autoritaria se protege frente a razones hostiles. Esta propaganda está, más bien, concienzudamente diseñada bajo un esquema que nos ahoga ahora mucho más que cuando Adorno la describió. El pensador se refiere a la técnica de efectos calculados con la que opera la cultura de masas, pues en ella la complicidad con el consumidor está basada en la movilización de idénticos reflejos y satisfacciones psicológicas[3], posibilitadas por una subjetividad pasiva, dispuesta a la recepción de tal cultura a través de esquemas no autónomos. El psicoanálisis puede ayudar a entender mejor el funcionamiento de esta sintonía predispuesta, pues el demagogo está explotando en su audiencia el llamado mecanismo de identificación. El demagogo es uno de ellos. Con más exactitud: el demagogo es alguien que va un poco más allá porque, frente a su audiencia, ha roto con sus inhibiciones. Esta es la clave de la gratificación que provoca el efecto calculado: todos comparten las mismas pulsiones, pero solo en la figura del demagogo halla el espectador su satisfacción. Piénsese en la dimensión teatral del fascismo, en su gestualidad de liberación de impulsos, en cómo el líder fascista escenifica la violación de un tabú social, dando curso a las pulsiones cotidianamente reprimidas. Apenas sorprende que la técnica freudiana haya designado a este tipo de condensación simbólica como ritual. Así que para concluir esta base teórica recogemos los elementos que Adorno extrae del ritual:

  1. Estereotipo: se trata de un ritual que enseguida fija unas reglas, en las que la dicotomía amigo-enemigo tiene un papel central.

  2. Religiosidad vacía: escenificación de religiosidad, sin contenido dogmático, tan solo como representación del vínculo comunitario de carácter libidinal.

  3. Culto de lo existente: esta religiosidad impostada no sirve precisamente a la denuncia de ninguna injusticia, sino que degenera en una alabanza del poder y por la preservación de las relaciones sociales ya existentes. La retórica totalitaria del cambio y de un mundo nuevo puede despistar aquí. El fascismo no busca transformar, de base, las relaciones sociales que justamente ocasionan buena parte de los males que el fascismo dice combatir. Del sacrificio del chivo expiatorio se espera una restauración de los buenos tiempos, antes de su corrupción por fuerzas extrañas.

  4. Insinuación: como ya se vio, es una especie de erótica en torno al desvelamiento del tabú.

  5. Proyección: El ritual fascista es recreativo, un sucedáneo de la gratificación directa, tal y como sucede en el ritual ejecutado por personas que sufren neurosis obsesivas. La proyección cumple esta función cuando en el ritual se emplean expresiones que teatralizan la violencia y el sexo. También la muerte, pues a veces se escenifica, deformada —en psicoanálisis: desplazada—, la muerte sacramental del enemigo escogido.

El último punto desvela el motor inconsciente de la psicología fascista: la destrucción. Pulula en todo este ceremonial una especie de anticipación de la catástrofe. Este es un aspecto central en la interpretación del fenómeno, pues en sus rituales más solemnes el simbolismo remite a la ambivalencia entre la destrucción de sus enemigos y la propia[4]. Incluso las figuras de este ritual que se relacionan con la idea de salvación no logran desprenderse del aura de autodestrucción. Esa es la savia venenosa que anima al fascismo: un movimiento de aniquilación que no se detendrá ni ante los propios fascistas.

Referencias teóricas

Título original: Anti-Semitism and Fascist propaganda. Aparece, junto con otros trabajos emparentados, en un volumen llamado Ensayos sobre la propaganda fascista. Psicología del antisemitismo. La versión a la que hemos tenido acceso es la que publica Voces y culturas. Algunas de las tesis del resto de ensayos de ese volumen las presentaremos en otros artículos, pero también hacemos lo contrario: reinterpretar el escrito desde reflexiones posteriores sobre la personalidad autoritaria y no las exclusivamente debidas a Adorno.

Notas

[1] - Si reconocemos aquí un molde aplicado industrialmente a la fabricación de series, libros y películas, no es una simple casualidad.

[2] - De la subjetividad moderna no quedan fuera, per se, los individuos que conforman el movimiento obrero, un movimiento que no ocurre ni fuera de la civilización burguesa, ni siempre desvinculándose de sus metas. Decimos per se, no decimos que no haya elementos de resistencia antifascista, o verdaderas alternativas al mundo del capital, originadas en el seno del movimiento revolucionario.

[3] - A esto se aludía en la nota 1.

[4] - Recuérdese lo que antes se dijo sobre la proyección en el chivo expiatorio de lo que se pretende ocultar.


2023